Un día
- Karina Sarmiento Torres

- 6 dic 2023
- 3 Min. de lectura

Ella quiere estar sola. La dejo recostada en su cama. Ya no está llorando. Han pasado varios meses, pero de vez en cuando los recuerdos vuelven, sobre todo en días fríos y nublados. El invierno arrancó hace un par de semanas y al cuerpo le cuesta adaptarse a los días que se ensombrecen. No recuerdo si llovía cuando recibió la noticia. Ella había salido de la ciudad y estaba en medio de la carretera cuando tuvo la primera alerta. A mí me llegó un mensaje confuso al teléfono. Ella debía llegar alrededor de las seis, la esperé fuera de su casa. Ella insistía en que no necesitaba compañía, pero apenas si podía respirar por sí sola. No le hice caso, me quedé a su lado, abrigándola, actuando como extensión de sus deseos y pensamientos, como una sombra. De manera automática y consciente, como si supiera de antemano lo que ella pensaba, yo sacaba la ropa del armario y le ayuda a preparar la maleta que no debía estar armando, mientras esperaba una llamada que no deseaba que llegara.
En esa tarea continuamos por varias horas esa noche, hasta que, en un momento, el teléfono sonó con ese sonido que sabes de antemano la noticia que trae. Es extraño cómo ciertas situaciones imponen su presencia y nos someten. Un silencio profundo fue el preludio de un grito intenso que sacudió el corazón. Después de la llamada, el cuerpo se rindió. Ella entró en un silencio profundo y pidió estar sola. Me despedí, ella viajaría a despedirse del cuerpo de su madre.

Hoy estamos en otro momento, pero el dolor aún está en la piel. No hay palabras, no existen palabras para calmar algunos dolores. En silencio, voy a la sala y me siento en el sofá. Ella sigue en su cuarto. Yo abro mi computadora y me quedo allí escribiendo. Afuera parece que el fin del mundo está pasando, la lluvia intensa de invierno y el granizo que golpea las ventanas estremece. Con el sonido del agua que cae en abundancia yo continúo mi vigilia mientras el tiempo pasa.
En algún momento, un ser que no quiere ser visto, se ha acostado a mi lado en el sofá y ahora duerme. Yo cubro su cuerpo con una manta y continúo con mi trabajo. Las horas pasan. Me levanto lentamente, no quiero despertarla. Voy a la cocina y comienzo a preparar algo para la cena, encuentro un poco de ensalada, preparo arroz y un pollo al jugo que de vez en cuando me sale bien. Pongo la mesa y regreso a mi escritura.
Una sonrisa abre los ojos y me mira. Aún tiene los ojos chiquitos. Yo le pregunto si tiene hambre y ella me dice que sí. Nos sentamos, me dice que la mesa está linda. Le pregunto si tiene poca o mucha hambre, mucha responde. Le sirvo y comenzamos a comer. Se admira de cómo preparé la comida, no recordaba que tuviera algo en su refri. Le conté que tiene muchas provisiones. Ella finalmente ríe. La comida está rica dice y me agradece.

Ella decide bañarse. Se levanta y me da uno de esos besos poderosos en la frente, que solo ella puede dar. Ella tiene una habilidad para las expresiones de afecto de las que yo carezco. Así que cuando un beso así llega me lleno de emoción. Mientras ella está en lo suyo, levanto la mesa, lavo los platos y regreso al espacio con mi computadora. Una vez que sale de la ducha, veo que todo está en calma. Es momento para esa soledad que a ambas nos encanta y me despido.


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