Regreso a casa
- Karina Sarmiento Torres

- 18 ene 2023
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 12 feb 2023
No quiero abrir los ojos. Ese movimiento simple de subir y bajar los párpados puede significar el principio y el fin de todo. Aún inmóvil en la cama, sin animarme a iniciar el día, siento cómo el aire pasa lentamente hacia mis pulmones, el sonido de mi corazón está en mis oídos, sus pulsaciones son cada vez más rápidas, la sangre que fluye por mi cuerpo produce un ajetreo en mis brazos, un cosquilleo, los siento pesados, siento una presión en el pecho y ese líquido salado sale de mis ojos sin posibilidad de contención. No quiero abrir los ojos, sin embargo, los abro. Mis ojos lloran, tengo todos los motivos y no tengo ninguno. Me siento en la cama deseando que esa ventana estuviera abierta. Sueño con caer. Doy vuelta y me encuentro frente al espejo. Me miro. Esa mujer en la imagen la reconozco de otros tiempos, pensé que esos tiempos ya se habían ido.

El teléfono suena, contesto. La pregunta evidente llega, ¿cómo estás?, la respuesta simple aparece, bien. Al otro lado del mundo, sin saber el miedo en mi rostro, me escuchan tranquila. Respondo, imaginándome así y describiendo mi día, en ese ideal de día que proyecté ayer. Salí a correr temprano y ahora lista para desayunar, pienso que iré a caminar por la playa. No puedo, la verdad me vence y caigo rendida al sonido de esa voz que conozco y en la que confío. Todas las cajas de recuerdos han sido abiertas y se despertaron hoy conmigo. Recuerdos o solo pensamientos horrendos que intento neutralizar con recuerdos que me abrigan. Es una gran batalla, todos caen en avalancha, están aquí a mi lado, me miran, quieren tocarme, han ido tomando espacio, mi espacio. La voz al otro lado de la línea intenta levantarme, sostenerme, un océano nos separa y trata de llevarme a su cotidianidad, la presente, la del pasado en que solíamos planear paseos de domingo o ricas comidas en la casa. Me lleva de aquí para allá y no me suelta y de alguna manera logra sacarme de ese letargo en este caluroso día de invierno, es diciembre. En el norte, el invierno frío y en este espacio del mundo que habito, la estación más calurosa y lluviosa del año. La llamada termina.

Me levanto de golpe y decido prepararme un café. Un café fuerte, me digo, depositando mis esperanzas en ese aroma, como si un sorbo de ese líquido amargo tuviera el poder de resolver mi angustia. Un hecho inesperado hace caer los recuerdos como fichas de un juego de domino, cuando cada fichita es colocada una detrás de la otra y una a una va cayendo, haciendo imposible que dejen de caer. El olor del café me da un respiro. Cada tarde, un cuarto antes de las tres, papá tomaba su café luego de su siesta, ese aroma fuerte e intenso inundaba la casa. Se trataba de una combinación perfecta de una ducha refrescante luego del descanso y un café caliente en ese calor de invierno que daba a la casa una brisa fresca al comenzar de la tarde. Durante la siesta, el silencio se imponía en toda la casa.
Una de esas tardes en la casa nueva, jugaba en el patio trasero explorando entre los restos de la construcción que aún estaban allí. Tablas, cemento, piedras, camino por allí explorando, tropiezo y caigo sobre una tabla y un clavo sujeto aún a la madera entra en mi tobillo. La sangre baña mi pie. No grito, alcanzo a ver la piel desprendida de mi tobillo y el blanco hueso. El hueso es tan blanco que me asombra y expuesto así me produce vértigo y me desmayo. Cuando despierto estoy en el auto, papá y mamá a toda prisa me conducen al hospital. En el hospital todo da vueltas y antes de que pudiera reaccionar ya me están cosiendo la herida, son cinco puntos enormes, cosidos con un hilo rojo. Mamá sostiene mi mano mientras todo pasa. Vamos a casa. Días después, la herida se abre mientras estábamos de paseo en la playa. No me duele. Mamá cubre mi herida y dice que el agua del mar lo cura todo. Sigo jugando, corriendo por la playa, entrando al mar, jugando con las olas. En la noche, ya en casa, mi herida estaba cerrada. No recuerdo el dolor, ni haber llorado, solo la profecía de mamá, la magia del mar y mi pequeña yo, jugando.
Decido salir, quien sabe si esos pensamientos que han invadido mi casa vienen conmigo, se confunden y atrapan a alguien más en el recorrido. Me visto y salgo, el sol quema. Ahora en la calle, mis oídos están sumergidos en la música de Tiersen. Hace muchos años que deje de escuchar música con audífonos en la calle, nuevamente empiezo a disfrutarlo. Esa sensación de ausencia total en medio del tumulto y a la vez, seguramente una confirmación de la indiferencia que también me invade. Ahora llega a mi memoria, una niña caminando a oscuras en la sala de la casa de la mano de su padre. No tenía miedo, su padre sostenía su mano. Él caminaba escuchando una pieza de música clásica y la niña iba orgullosa a su lado, mirando hacia arriba para ver su rostro, apenas si le llegaba a la cintura. En el rostro del padre no había una sonrisa. Sus pensamientos parecían salir por sus ojos iluminando con intensidad ese espacio a oscuras. La niña miraba hacia el frente, imitándolo. Esa escena de la niña y el padre, mi padre y yo, se repetía con frecuencia. Mamá preguntaba siempre si me gustaba acompañar a papá y yo respondía: “Sí, mamita, pero que larga es esa música”. Ella reía con mi respuesta. No puedo recordar cuál era el repertorio, solo lo recuerdo a él. La sensación de tomar su mano, esa mano que llegué a conocer de memoria, una mano gruesa, fuerte y dulce a la vez. La piel suave de su palma tomaba mis pequeños dedos con firmeza. Mi mano, ya en la suya, cubierta de esa calidez, se dejaba llevar. Yo con mis dedos, rozaba sus dedos intentando descubrir sus secretos. Siempre adoré la sensación de tomar su mano.
Sigo caminando por estas calles de asfalto. Es domingo, no hay carros, el territorio pertenece a los peatones. Camino rápido, un poco más rápido, no corro, quiero hacerlo, sin embargo, a pesar del deseo, la presión de estos pensamientos no me deja avanzar. Me cruzo con mucha gente por el camino, algunos corren, algunas parejas caminan despacio tomadas de la mano, hay niños que cruzan, otras van con sus mascotas. Hay árboles que aplacan la fuerza del sol, bajo la velocidad y tratando de recobrar la sensación con mi padre, cierro los ojos, pretendo no tener miedo y avanzo muy despacio. Me detengo. Una ráfaga de pensamientos nuevamente me sumerge en el vacío. Quiero gritar. Me siento en la vereda y respiro. Ya son cuatro días desde que recibí la llamada de mamá. Una voz temblorosa sin atinar como decir que ese virus violento que acecha al mundo había llegado a casa, atacando ese centro alrededor del cual aún gravito. El virus que se ha llevado a miles de personas en todo el mundo y nos ha obligado al encierro y a la distancia. Desde ese día esta bruma en mi cabeza comenzó a tomar su espacio y apenas si me di cuenta. No es la primera vez que me toma por sorpresa, la mujer que vi en el espejo esta mañana me lo recordó.
Tomo fuerza, avanzo hacia el departamento muy despacio. La mascarilla que ahora portamos no deja ver mi rostro. Parece que se trata de una nueva piel en mi rostro, que viene bien para ocultar heridas. Después de todo, la piel siempre cambia y el invierno es siempre ese volver a iniciar ese ciclo hacia la vida. Cuantas veces renacemos sin percibirlo. En ese caminar pausado llega el recuerdo de una mujer joven corriendo por las calles vacías. Una mujer joven sola corriendo en la noche entre la niebla espesa del invierno frío. Mientras corre, grita una y otra vez, parece que tiene un saco repleto de gritos por distribuir mientras corre a través de la niebla. De la nada un auto aparece entre la niebla, sorprende a la mujer joven de mi recuerdo. Una pareja en el auto se detiene a socorrerla. Es una escena tétrica, una mujer joven sola en la noche gritando. Imagino todas las historias que pudieron pasar por la cabeza de estas personas. La violencia acecha a las mujeres y es una noche con niebla. Preocupados, llaman a la mujer y le ofrecen su ayuda. Ella solo quiere que se vayan. Entonces, ellos – en el auto - la llaman por su nombre. Mi nombre. Las personas en el auto la conocen. La escena termina. La mujer avanza hacia el auto, los saluda y se sube. ¿Te llevamos a casa?, dijeron. Sí, muchas gracias, respondió ella. ¿Estás bien?, preguntaron y ella dijo que sí y miró hacia la calle. Esa mujer joven tal vez gritó ya todos los gritos. Aunque ahora mismo, bien desearía tener alguno más disponible. No recuerdo por qué ella corría esa noche. Tal vez como el día que mamá decidió que yo debía dejar mi can-can, un trapito que chupaba el día entero junto con mi dedo pulgar, entonces abandonarlo rompió mi pequeño mundo de infancia. Claro que en pocas horas encontré una solución, los pañuelos de papá, que estaban en el segundo cajón de la cómoda, reemplazaban muy bien mi can-can. Seguramente, ese día mamá tuvo la certeza de que siempre encontraría una solución para todo y no se equivocó.

Entro a la casa, no quiero volver al territorio de la sombra, pero sentir que la muerte podría estar cerca de casa, me asusta. No ha habido lugar más amado que el abrigo de papá y mamá. Ese lugar es el único en el mundo donde la prisa del tiempo no existe. Donde el silencio es mi esencia, sin pena. La sombra es la depresión, que al menos ahora reconozco, me tomó por sorpresa, pero sé de qué se trata. Sí, un túnel oscuro y profundo que me abriga, y a la vez me consume, una muerte lenta, silenciosa, como el horror de la violencia. La mujer joven está ahora en frente de mí y me interpela. Me pregunta a qué temo y se ríe de mi miedo por la sombra. Ella sabe que no es un juego. Yo conozco a la sombra, y, sin embargo, le entregué mi cuerpo. La mujer joven me mira a los ojos, como si tratara de decirme algo más. No quiero que hable de esos días, no es lo mismo ahora. Entonces, eran otros miedos los que tenía, apenas estaba descubriendo el mundo. Es cierto, se trata de eso, pues no había nada que no pudiera ser aplacado por la certeza del abrazo y cobijo de papá y mamá, aunque jamás supieran de que llevaba algún dolor a cuestas y ahora, el dolor tiene que ver con la posibilidad de no tener más ese abrigo. Ahora, cuando los pienso a los dos envejeciendo en ese espacio, en nuestro espacio, tengo miedo. Tal vez, es mi propia soledad la que se dibuja en mi memoria o la certeza de que, si ese abrazo de papá y mamá se va, no habrá nunca uno igual.
El teléfono vuelve a sonar. Me doy cuenta de que ha estado sonando toda la tarde. Las llamadas perdidas son muchas. La noticia de mi miedo corrió por el mundo. Tantas personas a mi lado y ninguna aquí conmigo. Esta vez alcanzo a responder, y rápidamente digo que estoy bien. La voz conoce los diferentes tonos de mí, estoy bien, así que sigue hablando y decide acompañarme en lo que va del día. Me habla de cualquier cosa, me escucha, me cuenta, me acompaña, es tan poco lo que necesito para ser feliz y qué rápido lo olvido. Hablo de mamá, ella tan fuerte, tan segura de todo, tan amada y sola, como yo, como todos. Pero la soledad y la muerte asustan y sin duda, en mí ha absorbido mis reservas de serotonina. Hablo de mis días en esa casa, junto a ellos. Sobre todo, del tiempo de los tres cuando ya los hermanos se habían ido. Yo distinta, arriesgada y tranquilla, estudiosa y dejada, divertida y triste, luz y sombra. Papá solía sentarse a mi lado y preguntar cómo estaba. Alguna vez me dijo que no se había tomado el tiempo para preguntar lo mismo a mis hermanos, pero conmigo, con más tiempo encima, lo tenía. Yo, sin embargo, nunca tenía mucho más que decir, nunca tengo más que decir. La voz al otro lado de la línea tiene que despedirse, es muy tarde en esa parte del mundo. Pero su compañía me ha liberado del peso de la sombra, o solo quiero creer que es así.
Hay que tener arte para el drama, me digo. Es la quietud en el invierno frío o caliente, ambos con sus fríos y calores extremos paralizan el tiempo, azotan el cuerpo y producen el delirio. El día acaba. Los recuerdos se despidieron, volverán por un café un día de estos.
Nuevamente en mi cama, me acuesto, cierro los ojos y siento que respiro. Mañana tomaré un vuelo de regreso a casa.
@karinasarmiento


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