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Pucca con doble c

  • Foto del escritor: Karina Sarmiento Torres
    Karina Sarmiento Torres
  • 4 mar 2021
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 7 mar 2021


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En estos días sentía que algo no estaba bien con Pucca, con doble C. Es importante que de ahora en adelante si escriben el nombre de esta Pucca lo hagan con doble C. Mi falta de cuidado provocó uno de los peores momentos en la vida de la ingeniosa Pucca. Es que a cualquier cosa que yo decía, ella reaccionaba de la peor manera. Pucca no suele ser así, más bien tiene un carácter maravilloso, siempre de buen humor, viendo todo con optimismo. Como esas reacciones sin ningún filtro me estaban molestando, tuve que confrontarla y preguntarle qué le estaba pasando. Fue entonces cuando comenzó con una lista larga de reclamos.


Lo primero que me dijo fue que ella ha sido muy comprensiva y que me ha acompañado en todas las mudanzas de los últimos años sin poner ninguna condición. En todos los viajes y cambios, en el 2020 y ahora en el 2021, ella ha sido la primera en apoyarme. Que cómo así ahora regresamos a Lima, que, por qué no se lo consulté, que, si ella es parte de la familia, tiene derecho a participar en la decisión. Además, que ella ya había hecho planes en Francia con su madre y que le molesta tener que cambiarlos, así como así. Sin olvidar que desde julio ella no ha tenido ningún espacio en el blog. Que si ella me permitió contar el secreto de su habilidad de hablar no era para que luego, me quedara con esa información y la ignorara. Que justo vamos a llegar a Lima cuando el clima comienza a enfriar y que a ella le está gustando más el calor, aunque siempre amará más el rico frio de su Quito, pero como no estamos regresando a Quito, pues no le parece (si bien reconoce que le encanta Lima y que allí le hacen los mejores cortes de pelo estilo cachorro que conozca y que adora porque la hacen lucir más dinámica y joven). Que no sabe dónde he colocado su cama roja, su favorita, y que debería tener más cuidado con sus cosas. Y entre otras cosas más pequeñas, luego de varios largos minutos de reclamos, lo dijo: “además, no sé por qué insistes en escribir mi nombre con una sola C, cuando todo el mundo lo hace con doble C y ya deberías saberlo”. Que mi testarudez en escribirlo con una C le sienta tan mal que a veces tiene pesadillas en donde la interrogan y le dicen, ¡Usted no es Pucca! ¡usted miente! Y entonces, ella insiste en decirles que fue su torpe abuela que escribió mal su nombre, que deben creerle y solo escucha ¡Usted miente! Con mucha más fuerza aún. Bueno, la verdad su pesadilla me parece una exageración – ya les conté que ella es un poquitín exagerada - pero sí se la veía angustiada. Luego de que lo dijera sentí que algo cambió, su mandíbula estaba menos tensa y estaba lista para jugar con su pelota y morder la cola de Kiki – su hermano -.

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Eso me dejó más tranquila, nunca la había visto así. Pensando en todo lo que tenía atravesado, ella tenía razón en casi todo. No puedo decir que, en todo, porque lo de su cama, fue ella misma quien la dejo no sé dónde por ponerse como loca a jugar con ella. Luego se le olvidó – a veces comienza a olvidar las cosas - pero no se lo recordé pues no era el mejor momento para decirlo. Pero lo cierto es que, sí me había pedido muchas veces poder tener un espacio para contarles cómo le fue en Francia y con tanta emoción que yo traía con lo de estar cerca de mi hija, lo olvidé. Estaba inspirada sin duda, pero Pucca también lo estaba.


Llegar a Francia para ella fue increíble. Los primeros días estaba cansada y le costó el cambio de hora, tampoco sentía muchos olores que pudiera reconocer y eso la tenía melancólica, hasta que llegaba su madre los fines de semana. Luego yo tampoco la vi en la primera visita de su madre, antes de que pudiéramos decir algo, ella ya estaba lista con su mochila para irse con ella. Así que las vi tomar el tren juntas. Cuando nos volvimos a ver, me contó cómo había sido su experiencia con un gato en la casa de su madre que no se esperaba encontrar. Un poco por los celos que sentía no había estado dispuesta a aceptarlo – “¡un gato con nosotras, nunca!” - hasta que recibió un tremendo rasguño y decidió reconsiderar su actitud. Luego, como es ella, siempre dispuesta a toda experiencia, terminó haciendo jugar al gato, mordiendo su cola para que la persiga. El gato no jugó, pero acompañaba sus siestas y su compañía permitió que el francés de Pucca mejorara rápidamente.


Cuando volvió a vivir conmigo, ya su francés era tan fluido que se moría por conversar con la gente. Además, le encantó que en el sur de Francia la gente hiciera conversa sin motivo o por el motivo más pequeño que fuera. Le encantaba poder entrar al supermercado y escoger ella misma su alimento. También, le gustó el corte de pelo que le hicieron, aunque no tenía el corte cachorro que ahora es su preferido. Le encantaba que hubiera información disponible para ella y los parques, a su altura sobre donde hacer pipí y donde caminar y donde botar las bolsitas de popó y donde no podía poner una pata. Aunque le parecían exageradas algunas reglas, le gustaba que al menos tenía toda la información. Con el confinamiento que nos tocó también allá, no salimos a largos paseos así que lo de ver las ballenas en la Costa Azul quedó para luego. No estoy clara sobre cuáles eran los planes pendientes con su madre, pero pienso que era el simplemente acompañarla.


Al menos por ahora, ya se le pasó su malestar. A todas nos toca volver a empezar.

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