Portoviejo: la tierra donde nací
- Karina Sarmiento Torres

- 9 jul 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 22 jul 2020

Todos vuelven a la tierra en que nacieron; al embrujo incomparable de su sol. Todos vuelven al rincón de donde salieron: donde acaso floreció más de un amor.
Todos Vuelven, César Miró
No sé cuál fue el sentimiento de César Miró cuando escribió la canción “Todos vuelven” y no sé si volveré definitivamente a Portoviejo algún día. Lo cierto es que con plan o sin plan, regresar a Portoviejo se siente siempre bien. Cada vez que he regresado desde que dejé de vivir aquí en febrero de 1988 ha sido increíble volver. La emoción inicia desde que entro en tierra manabita – les juro que no se trata de ninguna forma de nacionalismo o cosa parecida – es solo que el cuerpo y el corazón lo sienten. Cuando se viene en carretera se siente desde el cruce del límite provincial y en avión, aunque es un poco más difícil percibirlo, hay una bajada un poco brusca, el avión se pone levemente de lado y allí de pronto ya está el mar. Entonces respirar ese calorcito ¡es genial! Se te eriza la piel, debe ser que soy de Portoviejo. De hecho, una de las cosas penosas del gobierno de más de una década que tuvimos fue el haber perdido la posibilidad de llegar directamente a Portoviejo en avión y mirar la ciudad completa desde el aire –seguramente no se necesitan dos aeropuertos tan cerca, no vamos a discutir ese tema en este momento -.
La mayoría no conocerá Portoviejo o tal vez solo ha estado de pasada para ir a alguna playa, pero para la próxima incluyan una parada en la ciudad y no duden en comer aquí un ceviche o un corviche o un pan de almidón o una tortilla de maíz. Les prometo que valdrá la pena. La comida en Manabí es muy rica, pero en esta ciudad hay algunas cosas que se hacen particularmente bien. Mi favorito es el pan de almidón. Aunque lo que más adoro es poder comer el plátano de tantas formas – el plátano es algo de toda la provincia -.

Mi papá y mi mamá son de la provincia de Loja y llegaron aquí con mi hermana Milene justamente el día de su cumpleaños, el 11 de diciembre de 1966. Mi hermano, Manolo, y yo nacimos en Portoviejo. Papá y mamá siempre fueron locales o, mejor dicho, nunca hubo un tema sobre de dónde venían en la conversación familiar. Había cosas que nos hacían diferentes, supongo, pero que lo atribuía a una característica de la familia, como el hablar sin gritar y tener momentos de silencio - pienso que este es un tema de la familia -. Lo cierto es que cuando yo era adolescente a veces pasaba que venía a la casa ávida de contarles algo ambos me miraban y me decían: puedes repetir. Yo adquirí el acento manabita al 100%, hablaba rápido, me comía algunas letras que aún me gusta comer y usaba ciertas palabras que significaban una cosa para el mundo manabita y otra cosa para el resto del mundo de habla hispana (tengo que confesar que es muy probable que siga siendo así, si no me entienden deben decírmelo). Con el pasar de los años, mi acento ha cambiado mucho, pero he tratado de conservarlo tal vez para sentirme de algún lugar y nunca olvidar.
Desde hace ya varios años venir a Portoviejo también significa ver a las primas y las amigas. Con las primas siempre hacemos alguna rica comida, cangrejada y festejamos cumpleaños, aniversarios o solo el gusto de vernos. Con las amigas de colegio también nos vemos, ellas son una hermosa razón para que Portoviejo sea tan especial.
Todo me parece lindo. Bueno, hay varias cosas que sí hay que criticarlas: el desorden del mercado, por ejemplo. Otra cosa que puede resultar molestosa o conveniente depende de cómo se la mire, es la habilidad para hacer llegar la información sobre el estado de las personas. Las noticias vuelan a una velocidad impresionante, no creo que el internet pueda ser tan veloz. Cuando estaba en el colegio, apenas ponías un pie fuera de casa, la información se dispersaba con una rapidez, que la gente sabía a dónde ibas antes de que tú misma lo supieras. No cabe duda de que es una habilidad particular.
Cuando era niña, mi casa –la casa de mis padres– quedaba en un área residencial que hoy se ha convertido es el nuevo centro de la ciudad. La nueva realidad de la ciudad después del terremoto del 16 de abril del 2016, que destruyó todo el centro, el verdadero centro de Portoviejo, que aún sigue a la espera de retomar su vida. El terremoto fue un golpe muy fuerte. El centro de la ciudad generaba un ambiente de comercio y movimiento muy particular. Portoviejo, es la capital de Manabí, y es realmente un centro de intercambio de toda la provincia. Mis padres decidieron quedarse a vivir en Portoviejo por esa vitalidad. También la escogieron por la bondad y generosidad de su gente. Una historia que siempre recuerdo con un profundo afecto es la del señor Palau. Mis padres habían decidido quedarse a vivir en Portoviejo donde mi papá emprendería su vida como ingeniero civil. Un día mi papá pasó por la distribuidora del señor Palau para ver una camioneta que necesitaba para su trabajo, pero aún no tenía el capital suficiente, así que solo pasó y la vio. Horas después, el señor Palau vino al departamento y desde abajo lo llamo: “Ingeniero baje que aquí está su camioneta, y vaya pagándola poco a poco, cuando usted pueda”. Así fue y poco a poco fuimos parte de esta ciudad.
En estos días de pandemia estoy aquí. Es lindo poder trabajar desde esta casa a la que llegué con 4 años, cuando terminó de construirse. Aquí estoy compartiendo con mi papá y mi mamá, que están ahora en sus ochentas. Aquí estamos los tres en el aislamiento. He arreglado dos espacios de la casa como lugares de trabajo – uno bajo el árbol de mango y otro dentro de la casa -. En estos días el calor en las tardes me produce un cansancio increíble. Había olvidado lo que es trabajar en el calor de Portoviejo. Imaginar que teníamos clases con este clima. Sinceramente ni lo sentíamos. Pronto me acostumbraré. Lo que es verdad es que el calor de Portoviejo es una de esas cosas que siempre he extrañado y extrañaré.



Definitivamente que sí... regresar a Portoviejo tiene una emocion muy especial, coincido plenamente en ese sentimiento y me alegra que tengas muchas razones para volver. Dios permita que podamos volver a encontrarnos para comer unos ricos panes de almidón, únicos en el mundo. Un abrazo amiga.