Por qué no tengo cilantro en casa
- Karina Sarmiento Torres

- 23 jul 2020
- 4 Min. de lectura
Adoro el cilantro, cómo no tenerlo para disfrutar un rico ceviche o para simplemente incluirlo en tantos deliciosos platos manabas que me encantan. Un día sin embargo tuve que escoger entre vivir con cilantro o tener a Isa en casa. Obviamente ya saben cuál fue mi elección. A Isa no la comemos, pero si podemos llenarla de besos y abrazos – cuando hablo de nosotras, hablo de mi hija y yo -. Así que sólo cuando sabemos que no podremos verla, el cilantro tiene permiso de entrar.

Una vez Isa había vuelto de sus vacaciones en Italia. El cilantro se había instalado cómodamente en la casa durante su ausencia. El fin de semana que Isa volvió y vino a visitarnos pudo oler la presencia del cilantro desde el portón del edificio. Nosotras vivíamos en el tercer piso de un condominio, pero lo supo, rápidamente corrí a desaparecer la evidencia. En realidad, tengo que quitar el nosotras de esta parte, pues mi hija tampoco come cilantro; luego de tantos, tantos años compartiendo con Isa y sin saber a fondo lo que es el cilantro, ella puede vivir sin él, y mejor tener una tía. Sí, así es, ahora Isa es la tía Isa, porque es parte de nuestras vidas y nosotras de la suya.
A la tía Isa la conocí mucho antes de que llegara mi hija, gracias a otro amigo-hermano-carnal, y bueno, así como él, ella llegó para quedarse en mi vida y ahora en la de mi hija también. Nos conocimos a finales de mis veintes y hay que decir que disfrutamos mucho esos años. Nos divertíamos cuando podíamos pues siempre trabajábamos mucho también. Más tarde coincidimos una temporada en Italia y allí tuve la fortuna de recorrer el tan lindo sur de ese país con ella. Pero la temporada más importante de nuestra amistad comenzó cuando mi hija y yo regresamos a Ecuador. Mi hija tenía 11 meses y no nos separamos de Isa ni un solo fin de semana, hasta que ella regresó a Italia para hacer su doctorado. Para entonces mi hija ya tenía 10 años.

Durante esos años en Ecuador Isa compartió con nosotras cada momento de nuestras vidas, cada cumpleaños, cada presentación en la escuela, la llegada de Kiki y Puca, las funciones de teatro, las idas a la playa, las pijamadas, y las tumbadas en el sofá para mirar una película. Los domingos sobre todo nos juntábamos casi siempre para comer. Íbamos al parque – aunque Isa, muchas veces se saltaba esa parte – y luego íbamos a comer, casi siempre en mi casa. En los primeros años de mi hija en el preescolar, llenaba con nosotras un diario con las historias del fin de semana. Era una tarea de la escuela que agradezco, pues ahora tenemos un lindo registro de esos años.
Isa siempre ha tenido muy claro su rol de tía. Tanto así que también una vez se quedó con mi hija en uno de mis viajes de trabajo y resultó ser una tía estricta con eso de los estudios, como corresponde, lo que a su sobrina no le gustó tanto. Pero sobre todo ha sido una tía cómplice con mi hija y conmigo – digo conmigo para no quedarme fuera – porque cuando están las dos juntas conspirando, soy yo la que se queda fuera. La tía Isa solía preparar la comida de los cumpleaños de mi hija ¡la mejor pasta del mundo! La fascinación por la pasta y la pizza de mi hija tiene allí su explicación. También le enseñó a preparar la pasta ella misma. La otra cosa que aprendió mi hija con la tía Isa fue su gusto por la Nutella, y también los abrazos espontáneos con un fuerte beso de yapa.
Alguna vez, cuando mi hija estaba en segundo grado, me llamaron de la escuela, el director de la escuela quería una reunión conmigo. ¿Qué quería decirme el director? Yo estaba muy nerviosa – era mi primera vez -. Entonces, obviamente llamé a la tía Isa y fuimos juntas. Yo sabía lo que había hecho mi hija y la verdad, su travesura me parecía una ternura. El director y la profesora no pensaban igual que yo. Entonces, en la reunión, el director me dijo: “señora, usted no conoce realmente a su hija”. Yo regresé a ver a Isa y me pregunté: ¿será que el director olvidó quién es mi hija? Su frase probablemente tendría sentido en un futuro lejano, pero ni así – siempre sabemos en qué andan lxs hijxs, aunque ellos no lo sepan - pero a los 7 años, me parecía una frase insólita. Después de cruzar nuestras miradas, Isa no se contuvo y comenzó: “¿cómo se atreve a hablar así?” y siguió achacándole su arrogancia; no había manera de parar a Isa y la verdad yo lo disfruté. El director no tuvo más remedio que pedirnos disculpas y nunca más me llamó. Salimos felices y contentas de la reunión, mi hija no volvió a ser llamada por el director, al menos durante sus años de escuela.
Muchas son las cosas compartidas, sepan entonces que en mis historias un personaje casi siempre presente es ella, aunque no la mencione. Como compañera de tantas batallas y victorias, Isa ha reído y llorado conmigo y yo he celebrado sus triunfos, muchos, y he sentido con ella, sus tristezas, pocas, aunque hondas. Ella es una guerrera, una mujer valiente, brillante y hermosa.
Mi hija ya no es la pequeña de otros tiempos, entonces habrá que reencontrarse y reaprenderse y continuar viendo películas abrazadas en el sofá – aunque me dejen fuera –. Una de las cosas que tenemos pendiente las tres es recorrer el sur de Italia juntas. Espero verla pronto y entonces contagiarla de mi nueva calma en mi nueva realidad. Aunque seguro que cuando nos veamos estaremos en la misma frecuencia, eso sí, sin cilantro.



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