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No exactamente un bulín

  • Foto del escritor: Karina Sarmiento Torres
    Karina Sarmiento Torres
  • 11 jun 2020
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 23 jun 2020

Pasé 13 noches – 14 días en un hotel en el sur de Guayaquil cumpliendo el Aislamiento Preventivo Obligatorio (APO). Tengo que advertir que no tengo ningún prejuicio sobre el sur de Guayaquil, de hecho, cuando alguna vez tenía que decidir donde abrir la oficina de una organización que lideraba en Ecuador, pensé que el sur de la ciudad era el lugar ideal: céntrico, cerca de todo y con buen acceso de buses, así las personas refugiadas a las que atendíamos podían llegar sin problema. Sin embargo, en tiempo de coronavirus en la ciudad más impactada por la pandemia en Ecuador – en ese momento -, llegar a un hotel en el sur, debo decir, fue un acto de fe. Yo no escogí el lugar, pero tal vez de haber podido y dado el alto costo de los hoteles y la alimentación en otros lugares donde se podía cumplir el APO, igual lo hubiera escogido.


La pandemia, que nos obliga a pensarnos en una nueva realidad, ha introducido una nueva dimensión de la realidad, en que cualquier momento las realidades que conocemos pueden cambiar por completo. En otros tiempos, ese mismo hotel en el sur de Guayaquil hubiera sido un lugar más donde habría llegado. Los lugares en los que he estado para poder hacer el trabajo de derechos humanos que amo, no son exactamente los lugares que caben en los estándares de un hotel de vacaciones para muchos - o algunos -. Este no lo era. Pero la pandemia agregaba algo más, no era solo el lugar, su ubicación, ni las personas, era ese monstruo invisible que acechaba detrás de la puerta no como un ladrón pero como un fantasma que podía traspasarla.


Tuve suerte de tener una habitación simple y tuve aún más suerte porque tenía tres camas y el hotel llenaba las habitaciones por el número de camas, no por el número de personas en el grupo familiar. En mi caso, al estar sola y no haber más mujeres solas, protesté para tener un cuarto sola.

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El cuarto no tenía ventanas, pero sí tenía baño. Lo primero que hice al entrar en mi habitación fue limpiarla. Las tres camas quitaban mucho espacio y no tenía un espacio apropiado para mi práctica de yoga y meditación. Así que levanté una cama, coloqué un colchón sobre el otro y listo, mi espacio estaba habilitado. La cama sería mi lugar de trabajo y una de las maletas sería mi escritorio.


Durante los 14 días no salí de la habitación, excepto una vez para que me tomaran la prueba del COVID 19 – PCR - que resultó negativa debo señalar. La comida estaba incluida y pasaba tres veces al día, tipo 7:00, el desayuno; tipo 13:00, el almuerzo – que coincidía con el noticiero de Ecuavisa, lo único que veía en tv, para hacer algo diferente -; y a las 19:00, la merienda. También, tipo 16:00 pasaban tres señores a recoger la basura. Tres días en la mañana también pasó la policía, que verificó mi nombre y me tomó una foto en la puerta del cuarto para verificar que no me había fugado y no había manera de resistirse. Luego supe que la policía pasaba todos los días que estuve en confinamiento en el hotel, pero ya sin subir a las habitaciones.


Todo estaría bien, la práctica de confinamiento que había adquirido en los días previos desde el 16 de marzo me ayudaría a pasar este reto. Mi práctica que además incluía una gran dosis de introspección personal que había incorporado, alistándome para mi nuevo inicio: karina “realoaded” estaba en proceso. La primera noche fue intensa, entre la felicidad de estar en Ecuador - al fin y al cabo - y el avisar a tantas personas que me habían acompañado en la travesía del viaje e informar los detalles de mi claustro, quedé exhausta.

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Sin embargo, el segundo día de alguna manera tenía que idear mi salida. Esa manía de encontrar un problema y una solución o ¿mi profesión? Algunas cosas no parecían del todo bien y esa noche se confirmó. Una mujer gritaba pidiendo ayuda. Al principio no corrí en su ayuda, pues asumí que una patrulla de policías estaría cerca pero no paraba y sus gritos eran aterradores. Salí – esta fue en realidad, la primera vez que salí de la habitación – ella gritaba, había bebido pero su angustia era clara, su pareja la había tratado de apuñalar y tirado fuera de la habitación. En sus gritos repetía que este hombre la prostituía. Le pedí que viniera hacia mí y trate de consolarla, ¿debía abrazarla? ¿qué estaba permitido en tiempo de COVID 19? El dueño del hotel reaccionó y llamó a la policía, me quedé allí hasta que la policía llegó y tomó testimonio y el hombre fue sacado del hotel. Había pruebas que trataron de ocultarse y el tipo culpaba a la mujer de haber bebido – ya conocemos las justificaciones injustificables de la violencia -. Yo permanecí allí como defensora de derechos humanos, una especie de superheroína sin capa que en realidad era tan frágil como aquella mujer en ese momento. Al día siguiente, confirmé con el hotel y los que coordinaban el APO que la mujer estaba bien y que el hombre fue detenido. Todos confirmaron que sí.


Los días pasaron y mis intentos de encontrar una salida continuaron, aunque a la final desistí. Ya estaba instalada. Pero esos esfuerzos me tuvieron ocupada y motivada, encontré la solidaridad de las hermosas personas que acompañan mi vida. En los días siguientes, escuche otras voces de auxilio, esta vez silenciosas. Solo se escuchaban las voces de los agresores, el paso de ellos y, los comentarios de la defensora de las noches anteriores. La prudencia también es fortaleza y así, lo único que hice después fue informar de la situación del lugar y la importancia de llevar información de proteger a toda persona que pueda estar en riesgo.

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La mañana del último día, ya lista para salir en la recepción del hotel, la mujer de esa noche se me acercó. Me dijo si podía prestarle el teléfono. Le dije que claro que sí, pero entonces temí lo peor y pregunté: ¿a quién vas a llamar? Ella respondió: a mi esposo debo informarle que ya vamos a recogerlo. Le presté el teléfono, pero entonces insistí y le dije, lo valiosa que era, lo joven y hermosa que era, lo valiente y guerrera que era; que podía decidir no tomar ese bus, que siempre hay una salida. Pero que, en todo caso, aunque decidiera tomar ese bus, siempre habría alguien allí para ella. Ella me miró y abrazó muy fuerte. La dejé ir. Espero que sí, allí estar para ella y otras siempre y que la pandemia no me quité la posibilidad de abrazarnos, así fuerte. No, no era un bulín, era simplemente un lugar como tantos donde hay tanto que hacer.


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Revisa estas páginas para tener más información sobre la campaña y las estadísticas en Ecuador:


 
 
 

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