Las mujeres
- Karina Sarmiento Torres

- 11 mar 2021
- 4 Min. de lectura
Una mujer de una mirada intensa, no sabes bien en que está pensando. Fabulosa, elegante, inteligente, independiente y a la vez, tan dependiente de todos, de su necesidad de controlarlo todo. Sí, ella parece tenerlo todo bajo control, cada detalle, cada cosa en su lugar y si pudiera iría controlando el camino de todos los que ama. Parece ausente por momentos, pendiente de muchas cosas a la vez, sin embargo, ha estado allí presente, atenta sin mirarte o dando la impresión de no hacerlo. La mejor caja fuerte de secretos y los de ella aún más secretos.
Otra que sonríe, que vive ligera, que vio partir a los que ama y que les rinde homenaje en cada segundo de su vida. No hay más lágrimas, el llevarlos presentes se convierte en un ritual de gratitud cotidiano, permanente, en cada gesto, en cada acto. Explora, recorre el mundo con una curiosidad intensa y consciente, el divulgar los secretos de los lugares que explora de alguna manera inimaginables para el resto del mundo la vuelven única. No quiere un lugar fijo – si bien lo tiene – pero es ella misma, su reino interno tan libre y atento a todas las personas que transitan a su lado.
Una más que avanza con fuerza, no estoy segura de que tenga una meta, pero sí una causa, entonces vive con ella. Es la rabia, es la obligación de militancia, como el haber hecho una promesa a la vida, a las ancestras, a la humanidad misma. Entonces se impone ritmos que no la dejan desprenderse de esa vida de guerrera. Ella, de una atracción de diosa con sus rizos revueltos, no se da tregua. Entonces no hay tiempo, siempre está de prisa, siempre está llena de responsabilidades con los otros y para los otros. Pero cuando se lo permite está allí libre, juguetona, amorosa, con ganas de caricias, de darlas y de recibirlas.
Esta otra vive con una mochila a cuestas, no la necesita, pero llevarla la hace sentir más segura, aunque eso hace que se extrañe cuando se da cuenta que puede vivir sin ella. Pero también en secreto se explora con los ojos abiertos descubriendo espacios, caminos, formas, luces diversas. La vida la ata a todo y a nada, sus recuerdos, los que ama, por los que trabaja. Se explora, se atreve, con una seguridad que no todas pueden. Vivir con lo que se necesita, nada extra, ni una gota de agua de más, coherencia, exigencia, placer, lo que fuera, es ella.
Ella vive sin prisa, atenta a los suyos, imponiéndose unas reglas que le den un norte, una especie de ruta segura, donde evita poner en evidencia la fuerza de su deseo. La sociedad la contiene, porque es lo que conoce, es donde pertenece, eso cree. Mejor estar segura, pero la curiosidad la tienta, ella sí lo quiere, pero no la deja avanzar.
Una mujer que conquista el mundo - no es su afán, pero no lo puede evitar -. Nació en alguna parte y lleva las huellas de todas las partes del mundo en ella. Solo avanza segura, inteligente, bella. Explora todo y logra conquistar los más grandes retos, firme y auténtica. Siempre te da la bienvenida y deconstruye lo incambiable, con audacia, con riesgos, con estrategia. La ves y es así, sencilla y divertida, siempre tan dispuesta a disfrutar, a explorar nuevas aventuras, que la sorprenden también a ella.
Otra está allí con la fuerza de los años que la hacen la más valiente de todas, la sabia, la única. Cada segundo de su vida te habla, en sus palabras, en sus formas, en sus gestos, en las rabietas que olvidó porque ya no las necesita, en los resentimientos que ya no le pertenecen y que ya no recuerda que alguna vez tuvo. En los recuerdos que nos unen. Ahora vive y su presencia enseña a vivir.
Otra mujer que las violencias le penetraron el cuerpo, pero no deja que la atraviesen. No se rinde, ni nadie con ella. Ella somos todas y todas somos ella. Somos tantas, somos la misma, somos distintas y somos tan iguales.
Y otras, muchas otras que creyeron, que amaron, que soñaron y no pudieron ante al horror del feminicidio. Lo que no podemos nombrar, lo que no podemos tocar, lo que nos permitimos en silencio, lo que de todas formas tocamos y disfrutamos y lo que gritamos a todo pulmón. La vida nos pertenece, es nuestra, como lo es nuestro cuerpo, como son nuestras luchas y nuestras diferencias. Todo nos hace únicas, todo nos hace distintas, nuestra feminidad, nuestra masculinidad, nuestra diversidad, nuestra sexualidad, nuestra inteligencia, nuestra fuerza. La sangre que sangramos o la que nunca sangramos o la que dejamos de sangrar, pero qué más da, somos nosotras. Es el cuerpo el que habla, es la pasión la que transforma, es la capacidad de poner todo en orden o crear el caos para luego recrear. Así somos nosotras, las mujeres.



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