Las mil y una cartas, llamadas y despedidas
- Karina Sarmiento Torres

- 1 oct 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 6 oct 2020

La primera vez que fui consciente de una despedida tenía 8 años, aunque aquella no fue la más dura, mi hermana se iba solo por un par de meses. Luego de que regresó, muy rápidamente volvió a irse. Esa segunda despedida si fue la más dura. Aún recuerdo el grito de mi padre contenido en las cuatro horas de viaje desde el aeropuerto de Guayaquil hasta la casa en Portoviejo. Al llegar abrió la puerta de la casa, corrió hasta su cuarto al fondo de la casa y como si fuese el hueco en el árbol que guardará tu secreto, gritó y lloró. Lo cierto es que por la percepción de las distancias que aprendimos de esa época sin internet, llamadas telefónicas costosas y cartas lindas, pero que tomaban tiempo en llegar, fue con mucho dolor de la ausencia, con melancolía, con “saudade”, con silencio, con lágrimas, sabiendo que un periodo de vida de compartir con alguien que amamos se iba como si te arrancaran la piel.
En el tiempo en que fuimos jóvenes, mis padres siempre priorizaron nuestra educación y eso implicaba que aprendiéramos otros idiomas. Así fue como comenzaron nuestros recorridos por el mundo, el de mi hermana, mi hermano y el mío. Pero la ausencia de mi hermana fue la más importante o especial, pues ella nunca más regresó y fue la primera. Ella volvía solo en las vacaciones en que se podía, que por fortuna fueron haciéndose más frecuentes con el paso de los años y con comunicaciones más fluidas gracias al internet.

Los primeros años de su ausencia los inundaron sus cartas y ella sabía hacer una buena carta. Todas escritas en papel de carta, un papel fino y suave que pesaba poco y escritas con una caligrafía impecable – gracias a los cuadernos de caligrafía de esa época -. Mi hermana describía sus días, lo que veía, lo que aprendía con un detalle increíble. Eran hojas y hojas de relatos, algunas podían llegar a veinte páginas, en serio. Mi papá se sentaba a leerlas y algunas las leía en voz alta, es así como conocí Europa por primera vez, a través de los relatos de mi hermana. Recuerdo en una ocasión que almorzaba en casa de una amiga y su padre que ya había ido a Europa varias veces, me describía los monumentos de una de las ciudades descritas por mi hermana y yo corregí su relato – una pequeña arrogancia que me permitía a los once años – y él, me preguntó ¿ya has estado allí?, y yo respondí que no, pero que lo sabía porque mi hermana me lo había contado y podía entonces seguir yo misma y continuar describiendo esa ciudad que nunca había visto.
Las cartas llegaban con mucha frecuencia, ella preparaba cartas para papá y mamá, para mi hermano y para mí. Nosotros no escribíamos con tanta frecuencia, bueno mi papá sí. Papá siempre amo escribir así que esas cartas, seguro eran una buena oportunidad para hacerlo. Yo en cambio, recibía con frecuencia el recordatorio de mamá de escribir a mi hermana. En la secundaria, sin embargo, las cartas a mi hermana se convirtieron en mi diario y en ellas entregaba todo.

Algo también increíble eran las llamadas. En esa época te cobraban el minuto de llamada internacional y bueno, no era precisamente algo económico, me imagino. Así que ella, mi hermana, que tenía siempre tanto que contar, aprendió a hablar con una rapidez impresionante, no sé cuántas palabras por minuto podía decir, pero les aseguro que eran muchísimas. Eso no lo aprendí yo, que siempre que hablaba, solo podía decir: hola ñañita (hermana en Ecuador), ¿Cómo estás?, ella me contaba y me decía: ¿y tú?, y yo: bien. Ese era todo el diálogo, en los primeros años era una niña, pero luego cuando crecí ya se me hizo costumbre – debo confesar que hablar por teléfono no será nunca lo mío -. Para alguien tan expresiva como mi hermana, seguramente no era lo mejor, ávida de saber lo que pasaba en la casa, esas parcas respuestas no resultaban alentadoras, intuyo.
En los primeros años las visitas de mi hermana no eran anuales, no se podía costear un viaje anual, es así como las despedidas de mi hermana siempre iban cargadas de ese peso de la ausencia, del tiempo que vendría sin ella. Ahora mi hermana regresa a Ecuador cada año – este año ha sido una excepción – y ahora también, recibimos la visita de los sobrinos y los nietos. Ya no hay cartas, ahora los whatsapp y el facetime reemplazan esos relatos impresionantes, pero nos permiten vivirnos en el día a día y eso también es lindo.
Esas despedidas debieron construir un lado único en cada uno de nosotros y tal vez nos prepararon para el mundo global y de distancias de hoy. Nuestros hijos e hijas, los nietos y nietas de papá y mamá viven las despedidas y distancias de manera tan diferente, como un acto cotidiano. Así el estar, el ir, el regresar deben dejar de ser dolorosos, al fin y al cabo, todos gritamos a nuestro hueco en el árbol en algún momento.


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