La alegría sin limites
- Karina Sarmiento Torres

- 30 jul 2020
- 4 Min. de lectura
¡Es cierto! no he ido a Cuenca lo suficiente. Sin embargo, el recuerdo que tengo de la ciudad y sobre todo de la familia es intenso. La alegría de la familia para recibirte es muy potente. No solo es la alegría con que te dan la bienvenida, sino el constante buen ánimo, la jovialidad que contagian a cada instante. Hace poco conocí al nieto de una de mis primas, y me sorprendió ver como el afecto se había trasmitido al cabo de los años a sus hijos y nietos. Transmitir el afecto es sin duda un regalo hermoso de la vida, que es gratificante para el que lo logra, que fortalece a quien lo absorbe y resulta formidable para quien lo recibe.

Uno de los viajes a Cuenca que más recuerdo es cuando fuimos por carnaval con mi hermana, mi hermano y mi mamá. Llegamos a la casa de Teresita, la mamá de mis primas y primos. Todos, excepto la mayor, vivían en esa casa. Recuerdo que en la casa había unos telares donde producían sacos de lana, trajes para niños. La casa estaba llena, los cuatro primos (Fanny, Carmen Yolanda, Fernando, William), Teresita y su mamá y nosotras cuatro. En las mañanas, la mesa del desayuno estaba llena de mermeladas, nata, mantequilla, muchos panes y quesos. Me impresionaba la abundancia y los colores, siendo tantos en casa. En ese primer viaje, conocí que la nata de la leche también se come y que puede ser rica en el pan del desayuno, aunque durante esas vacaciones me resistí.
Así mismo, si bien no estaban en la casa, veíamos con frecuencia a Gladys y a su esposo Tito, que en esa época ya tenían dos hijos. En el patio de atrás de la casa de Gladys había un árbol de higos, también pienso que fue la primera vez que comí un higo habiéndolo cosechado yo misma. Al igual que la casa de la madre, la casa de Gladys y Tito era de una alegría intensa.
En esa época a mí me había dado por repetir sin parar el cuento de “La Dama y el Vagabundo” que lo había aprendido a recitar de memoria imitando las voces de los personajes como en la versión de disco de vinil que tenía. Creo que mi hermana se lo había contado a mis primas y cada noche me pedían repetir el cuento. Yo lo hacía feliz, el único problema era que lo repetía sin fin hasta dormir, pues una vez que comenzaba no podía parar. Supongo que los primos lo disfrutaban y esta historia se volvió un chiste del paseo.

Recorrimos muchos lugares y lo pasamos hermoso. Pero lo más genial fue un día que Tito llegó con una camioneta para llevarnos a pasear. Como les dije, era época de carnaval. Íbamos muy contentos en la camioneta, los niños en la parte de atrás cuando de repente notamos que Tito iba bastante despacio – con certeza quería que admiráramos la ciudad –hasta que muy hábilmente paró en un semáforo ofreciéndonos de carnada a un grupo de carnavaleros. Nos tomaron de brazos y piernas y nos metieron a la pileta del parque, y después regresamos al balde de la camioneta totalmente empapadas. Las ingenuas turistas caímos sin la más mínima sospecha - en casi todo el Ecuador se juega con agua en carnaval, las personas se mojan, comen y festejan -. Fue muy divertido, al menos ese es mi recuerdo. Sin duda fueron unas increíbles vacaciones.
Luego muchos años más tarde, volví a Cuenca un par de veces, pero en viajes muy cortos, en los que no daba el tiempo para encontrar a toda la familia, cada una viviendo en sus casas ya para entonces. El pequeño niño y la pequeña niña de esas vacaciones ya adultos con familia e hijos. Justamente, fue al hijo de la pequeña bebé que conocí en mi primer viaje a Cuenca, al que conocí recientemente cuando vino a visitar a mis padres con su mamá y sus abuelos, Gladys y Tito. Fue hermoso encontrarlos, conversar y sentirlos. No era época de carnaval así que no pudimos llevarlas a una pileta para recibirlas.
La familia es extensa en Cuenca y aunque no nos hemos visto con todas, el amor se ha transmitido a las nuevas generaciones. Cuando están juntas es increíble como las anécdotas van y vienen, casi siempre vienen con un tomarse el pelo, lo que hace que las reflexiones se asimilen sutilmente y todas se diviertan escuchando las vivencias.
Hoy a esa mi querida familia de Cuenca, le tocó despedir a Teresita, la mujer que logró crear esa increíble familia de hijas e hijos alegres, joviales y amorosos. Les tocó despedirla durante la pandemia y por eso, quería contarles este mi pequeño recuerdo, por el profundo amor que me inspiran sus vidas. El legado del afecto y la alegría son una hermosa herencia. Teresita se despidió, la pandemia aceleró su partida, pero las personas viven mientras estén en nuestro corazón y pensamiento, así que tendremos a Teresita por siempre acompañándonos y seguro divirtiéndose y sintiéndose orgullosa con las hermosas vivencias de sus hijas, hijos, nietos, nietas, bisnietos y bisnietas, y las que vengan.


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