Impresiones
- Karina Sarmiento Torres

- 24 sept 2020
- 3 Min. de lectura
Los cambios ocurren de manera constante, nada vuelve atrás. Así llegamos a esta nueva manera de vivir que nos ha trasportado a un nuevo paradigma sin anestesia, sin pausa. Este cambio de nuestra cotidianidad ha sido tan rápido que apenas si pudimos despedirnos de prácticas a las que nos habíamos acostumbrado sin saber si nos gustaban o no. Por ejemplo, el juntarnos muchos para celebrar con cualquier excusa y ahora, de repente, ser austero con quien compartes. No estoy segura de si la alegría desbordante de mi cumpleaños se debió a mi felicidad efectiva o por el hecho de que éramos pocos y yo – reservada - podía entonces ser espontánea en ese pequeño grupo. Lo cierto es que reí, comí, bailé, salté, jugué – tal vez prefiero pensar que es esa felicidad que me acompaña ahora -.

No sabemos cómo viviremos la cotidianeidad dentro de un año, pero con certeza habremos construido ya nuevas prácticas cotidianas y nuevamente, sin saber si nos gustan o no, las aplicaremos en nuestro mundo. Tal vez la generación Z se convierta en una especie de generación X, que le tocará construir un nuevo paradigma cuando todo parece ya construido. Esperemos que tengan más herramientas y no se cieguen con la ambición de poder.
No lo hubiera imaginado, cuando hablábamos de las nuevas generaciones sin penas, sin batallas y sin revoluciones aquí estamos en la puerta de la más grande de todas. Demandamos nuevas formas de relación con el mundo que ya no da para más explotación y que entre que comemos más sano, tenemos huertos urbanos y ciclovías y espacios urbanos amigables con todas las personas y de todas las edades, los pocos focos biodiversos que quedan se agotan, los espacios de cultura son escasos o están cerrados, los crímenes horrendos contra las personas continúan. Dos extremos tan contradictorios, se construye una cotidianidad de desconfianza, de señalados, de aislados, de diferentes, de poderosos, de corruptos y a la vez, una de incluyentes, luchadores coherentes, soñadores atrevidos e innovadores. Algo chévere tendrá que salir – espero -.
En estos días tomé un vuelo intercontinental, desde hace 33 años que tomé mi primer vuelvo de este tipo, desde las Américas a Europa, es la primera vez que no había gente esperando para entrar al baño en ningún momento durante todo el vuelo, todas las personas dormían o pretendían hacerlo, había un silencio impresionante. Nadie intentaba hacer esa interacción tan normal con la persona desconocida cerca de su asiento. No niños/as corriendo en el corredor, aunque los había. Un vuelo atípico pensé y luego, tomé una conexión para un vuelo interno europeo y aunque parezca increíble, me pareció tan extraño ver tanta interacción, ahora parecía exagerada luego de que mis ruidosos coterráneos estuvieran en tal silencio en el vuelo de Quito a Ámsterdam. Tal vez se trataba del aire de vacación que inundaba el segundo vuelo o tal vez, la extraña certeza de que de alguna manera todas las personas responsables están haciendo su parte para protegerlxs de la enfermedad. No lo sé, en todo caso nada es como antes y las nuevas formas se están construyendo.

Caminar con mascarilla ya es normal. En Ecuador nadie se lo cuestiona, algunas personas no la llevan porque no se han enterado o no tienen nada que perder y aquí, en Francia es igual, todas las personas deben llevarla, sin embargo, también hay las que no se han enterado, las que no les importa y las que creen que se está violentando su derecho a la libertad. En fin, es igual donde te encuentres. Alguien decía en Marsella, donde me encuentro ahora, que luego del confinamiento la ciudad parece más cruda, un poco más violenta. Bueno, ese sentimiento es similar al que varias personas tienen sobre Quito y el Centro Histórico hoy, que lo describen como más duro, más violento. La pobreza se derrama sin pena y esa enfermedad permanente no varía. Es entonces cuando me parece que nos aproximamos a El país de las últimas cosas de Paul Auster y no sé si será reversible; parece que no estoy siendo fiel a mi optimismo, no me asusta, pero cómo nos aseguramos de que ese lienzo lleno de colores, pero sin forma, adquiere una que realmente no deje a nadie fuera.
Mientras tanto estoy aquí siendo ya parte de esta cotidianidad novedosa, arrancando un empleo en un país de América del Sur desde Francia porque la pandemia nos hace capaces de ser versátiles y entonces, se agradece pertenecer al mundo de la versatilidad y la creatividad. Continuaré trabajando en un tema que conozco mucho con una organización que estoy conociendo y un equipo que me ha recibido con entusiasmo, trabajo y confianza – se siente muy bien -.


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