Mayo
- Karina Sarmiento Torres

- 20 jun 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 26 jun 2023
Hay tiempos difíciles simplemente porque no tenemos claro qué nos pasa. Mayo ha sido así un día sol, un día lluvia, un día que pasa sin mayor gracia. De alguna manera tengo la sensación de dejar cosas inconclusas o es solo la impresión de que no están del todo completas. Un día la euforia del amor descubierto, otro día la nostalgia de lo ausente. Tratando de alimentar el tiempo con algún acto fuera de lo cotidiano. En ese intento inicié clases de guitarra y por primera vez supe qué significan las notas musicales. Mis dedos aprendiendo a recorrer el instrumento, ensayando flexibilidad, creando sonidos, una melodía está aún distante. Imagino lo que hubiese sido aprender música en la infancia, si bien siempre me ha acompañado, nunca aprendí a entenderla desde esa parte racional. Es curioso, sin embargo, que no pueda recordar el nombre de alguna canción o melodía o composición que amo, como si olvidara mi propio nombre o no supiera decir al resto del mundo quién soy.

Me encuentro en ese punto perdido en donde compartir un simple mensaje se convierte en una hazaña impensable. Me cuesta tanto solamente decir algo que permita una conversación trivial como si el mundo solo fuera esa enorme masa de inequidad que no podemos olvidar ni por un instante. No sé con claridad cuando comencé a ser este ser extraño. Puede ser que en la infancia, cuando imaginaba estar condenada a un hospital psiquiátrico o cuando soñaba ser bailarina del ballet de New York o al ser la mejor alumna o la rara que no jugaba en el recreo. Esa niña que fui era valiente. No tenía miedo ni era tímida, pero sí vivía ausente en su propio mundo con hermosos y siniestros sueños. Para el mundo, sin embargo, era una niña tímida, insegura y temerosa. Esa dualidad me gustaba, no tenía necesidad de debatirla. No era mi intensión revelar mi identidad. No obstante, un día me rendí ante esa etiqueta y asumí el rol. Así era más fácil justificar mi hablar poco, mi bajo tono de voz, mi desinterés por competir. En la casa, en ese espacio reservado al intercambio entre cinco personas y algún perro, yo era ya la niña valiente, la previsora, la que tomaba decisiones, la que cuidaba, la que se mezclaba con sus hermanos y jugaba y que invariablemente perdía. Perder no era una derrota, solo era una realidad y la vida seguía. Seguramente entonces ese personaje tímido e inseguro y la vez valiente y seguro engendró a la mujer que no sabe avanzar en la conversación sencilla, cotidiana, ese intercambio de palabras importantes y simples que constituyen la vida. Hoy aquí en mi espacio en este tiempo de mayo tratando de darle sentido a esta insatisfacción cotidiana que ni siquiera sé precisar si lo es. Una palabra que va y otra que viene. Un mensaje que va, silencio, una pausa larga y, luego, una respuesta que llega. Un espacio que no conozco y al que se supone que pertenezco. Intento entonces decir la palabra justa, actuar de una manera correcta, pausar en el momento necesario y todo resulta poco adecuado.
No es cierto, la mujer que soy en este mayo generoso y cálido, juega con el tiempo en estos días aún soleados de Lima y con ello solo quiero decir que juego con la incertidumbre de la felicidad presente que mañana tal vez solo vea terminar porque aun la pequeña niña tímida e insegura se asoma por la ventana y me dice que es mejor dudar y que todo tiene un final o tal vez, la valiente se asome para decirme que mayo es aún mayo y la luna nueva solo trae la certeza de la bondad de hoy. Aprender a decir, aprender a tocar, aprender a sentir, aprender. Yo, la mujer abundante, estoy aquí, y en realidad no tengo miedo y disfruto del momento tibio que luego es frío y luego viento y luego calor.
Mayo 2022



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